Estadounidense y española, con raíces venezolanas, Rossmary Rodríguez es una persona que asume la vida de manera integral. Periodista, educadora, escritora y líder humanitaria, en esta conversación exclusiva, con cadenaiberonews.com.ar y buenosairesenvivo.com, nos habla de su libro “La distancia entre existir y vivir”, pero también nos revela las próximas apariciones de otras obras que saldrán no como hechos aislados, sino como consecuencias de un mensaje de conciencia que necesita compartir. Rodríguez expresa su perspectiva de la sociedad que premia la reacción por encima de la serenidad, de la ausencia que tenemos más allá de nuestra productividad. También afirma que “un libro no debería generar dependencia de la voz del autor. Debería devolverle al lector su propia voz”.


Imagino que te hacen mucho esta pregunta: ¿Cuáles son las diferencias entre existir y vivir?
Para mí una de las mayores tragedias humanas no es solamente perder años de vida. Es estar presente durante esos años y descubrir que hace mucho dejamos de habitarlos. Podemos levantarnos cada mañana, trabajar, cuidar de nuestra familia, cumplir responsabilidades, alcanzar metas, sonreír para una fotografía y responder que estamos bien. Desde afuera todo puede parecer perfectamente normal. Sin embargo, existe una pregunta mucho más difícil: ¿estamos realmente presentes en la vida que estamos construyendo? Ahí comienza para mí la diferencia entre existir y vivir.
Existir muchas veces significa responder. Responder a las obligaciones, a las expectativas, a las urgencias, a lo que otros necesitan de nosotros y hasta a versiones de nosotros mismos que construimos para poder sobrevivir determinadas etapas. Vivir implica algo más profundo: estar conscientes de quiénes somos mientras atravesamos todo eso y preguntarnos si la dirección que llevamos todavía corresponde con la persona en la que queremos convertirnos. Y hay algo que considero importante aclarar: existir y vivir no son dos lugares completamente separados. Podemos movernos entre ambos muchas veces durante nuestra historia. Hay etapas en las que estamos profundamente conectados con la vida y otras en las que el dolor, las exigencias, las pérdidas, las responsabilidades e incluso el éxito pueden alejarnos silenciosamente de nosotros mismos.
Por eso vivir no significa tener una vida perfecta ni estar permanentemente felices. Vivir también es atravesar una adversidad, llorar una pérdida, reconocer que algo nos quebró y aun así conservar la capacidad de preguntarnos qué vamos a hacer con lo que queda delante. Creo que la verdadera distancia comienza cuando dejamos de hacernos preguntas porque nos acostumbramos a funcionar. Y quizás una de las preguntas más incómodas que plantea el libro sea precisamente esta: si hoy descubrieras que llevas años cumpliendo con todo, pero alejándote de ti mismo, ¿tendrías el valor de cambiar, aunque desde afuera nadie entienda por qué? Porque tomar conciencia es solamente el principio. Después viene la parte más difícil: vivir de acuerdo con aquello que ya comprendimos.
– ¿En qué momento y por qué decides escribir este libro?
Llegó un momento en el que comprendí que no quería escribir desde una teoría distante. Quería escribir desde la experiencia humana, desde aquello que muchas personas sienten, pero no siempre saben nombrar. No para convertir el dolor en protagonista sino para preguntarnos qué hacemos con nuestra vida después de aquello que nos transforma. Por eso La distancia entre existir y vivir no nació para enseñar a vivir. Nació para incomodar ciertas certezas. A veces creemos que necesitamos una gran tragedia para revisar nuestra existencia cuando en realidad la vida lleva mucho tiempo hablándonos a través del cansancio, de lo que postergamos, de las relaciones que sostenemos, de los sueños que abandonamos y de esa sensación silenciosa de estar presentes en todas partes menos en nuestra propia vida.
– ¿Te alejas de dar respuestas?
No siempre podemos escoger el acontecimiento, pero sí podemos trabajar para que ese acontecimiento no tenga la última palabra sobre nuestra identidad.
– ¿Algún lector te ha dicho que este era el libro que necesitaba?
Cuando una persona descubre que todavía puede tomar una decisión, poner un límite, recuperar algo que había abandonado o simplemente reconocer que ya no quiere seguir viviendo de determinada manera, el libro deja de ser solamente mío. Se convierte en un espacio de encuentro con su propia historia. Para mí esa es una de las mayores recompensas de escribir.
– Y a ti, ¿te ha cambiado escribirlo?
Antes pensaba mucho en lo que uno podía decir a través de un libro. Hoy pienso también en todo lo que un libro puede hacer cuando deja las manos de quien lo escribió. En ese momento ya no podemos controlar hasta dónde llegará ni qué despertará en otra persona. Y quizás allí comienza una de las dimensiones más hermosas de escribir: comprender que una parte de ti puede estar presente donde tú nunca estarás. Por eso escribir este libro sí me cambió. Me hizo más consciente de que comunicar no es solamente ser escuchado. Es asumir la responsabilidad de aquello que dejamos sembrado en los demás. Y cuando una palabra logra continuar su camino sin necesitar permanentemente la presencia de quien la pronunció, entonces ha comenzado a cumplir un propósito mucho mayor que el reconocimiento personal.
– ¿En qué consiste el trabajo humanitario que realizas desde California?
Una de las cosas más hermosas que he aprendido es que podemos estar presentes en lugares a los que quizá nunca llegaremos físicamente. Muchas veces una ayuda no llevará mi nombre ni mi firma y tampoco necesito que los lleve. Puede que una persona jamás sepa quién inició una gestión, quién hizo una llamada, quién aportó un recurso o cuántas personas participaron para que algo llegara hasta sus manos. Pero sabrá que en algún momento alguien decidió no ser indiferente. Eso para mí tiene un valor enorme. Me interesa mucho menos que una persona lea un libro porque lleva mi nombre o reconozca una acción porque sabe que yo participé en ella que saber que aquello produjo algo bueno. Si una palabra transforma a alguien, si una ayuda llega a tiempo o si una iniciativa permite que una persona recupere esperanza, dignidad o una oportunidad, el propósito ya comenzó a cumplirse, aunque mi nombre no aparezca en ninguna parte.
Además, nada de esto me pertenece solamente a mí. Detrás de una fundación existen personas, voluntades, recursos, tiempo y manos que muchas veces trabajan silenciosamente. Por eso también he aprendido a hablar menos de “lo que hago” y más de “lo que podemos hacer cuando dejamos de esperar protagonismo para comenzar a servir”. Quizás esa sea una de las formas más profundas de entender lo extraordinario: no hacer cosas para que los demás sepan que somos extraordinarios sino tomar la iniciativa de hacer algo que puede cambiar la realidad de alguien, aunque nunca sepamos exactamente a quién terminó beneficiando. Las adversidades personales tampoco deberían cancelar nuestra capacidad de hacer el bien. Podemos atravesar temporadas difíciles y aun así conservar la sensibilidad hacia el dolor ajeno. Para mí esa es una forma de resistencia profundamente humana: que aquello que nos ha dolido no nos convierta en personas indiferentes.
Al final he comprendido que algunas de las huellas más importantes que dejamos nunca llevarán nuestro nombre. Y estoy completamente en paz con eso. No necesito estar presente en todos los lugares donde llegue una acción para saber que valió la pena. A veces basta con saber que alguien recibió lo que necesitaba y que muchas manos decidieron hacerlo posible.
– ¿Crees que al mundo le urgen voces que inviten a la conciencia?
Creo que hacen falta voces que no solamente denuncien lo que está mal, sino que nos obliguen a preguntarnos qué parte estamos desempeñando dentro de aquello que criticamos. Es muy fácil identificar la falta de conciencia en la sociedad, en las instituciones, en las familias o en otras personas. Lo difícil comienza cuando la pregunta cambia: ¿qué estoy normalizando yo?, ¿qué estoy alimentando con mis decisiones?, ¿qué tendría que modificar, aunque nadie más lo haga?
La humanidad no evoluciona solamente porque desarrolla más tecnología, produce más conocimiento o alcanza nuevos niveles de comodidad. También tiene que evolucionar en responsabilidad, empatía, criterio y capacidad de reconocer las consecuencias de sus actos. Necesitamos voces que despierten conciencia, pero también personas dispuestas a convertir esa conciencia en conducta. De lo contrario podremos construir un mundo cada vez más avanzado por fuera mientras seguimos siendo profundamente frágiles por dentro.
– Mucho se dice que estamos atravesando una etapa de colapsos. ¿Estás de acuerdo?
Para mí el colapso no siempre es el final. A veces es la evidencia de que una estructura ya no puede continuar sosteniéndose de la misma manera. Eso puede ocurrir en una sociedad y también dentro de una persona. Hay momentos en los que lo que se rompe revela aquello que llevábamos demasiado tiempo intentando sostener. El desafío está en lo que hacemos después. Podemos reconstruir exactamente lo mismo y repetir el ciclo o preguntarnos qué debe cambiar antes de volver a levantarlo.
Por eso no romantizo las crisis. El sufrimiento no necesita ser idealizado para producir aprendizaje. Pero cuando una crisis llega tenemos la posibilidad de salir de ella solamente reparados o verdaderamente transformados. Y son cosas diferentes.
– ¿Por qué nos cuesta tanto la serenidad en las sociedades actuales?
La serenidad se confunde con lentitud, debilidad o falta de carácter cuando puede ser exactamente lo contrario. Hace falta mucha fortaleza para no reaccionar desde la primera emoción, para guardar silencio cuando el impulso pide responder y para observar una situación antes de permitir que determine nuestra conducta. Serenidad tampoco significa indiferencia. Una persona serena puede ser profundamente firme. Puede establecer límites, denunciar una injusticia y tomar decisiones difíciles sin convertirse en aquello contra lo que está luchando. Creo que necesitamos recuperar esa diferencia. No todo lo urgente merece nuestra ansiedad y no todo lo que provoca una emoción merece una reacción inmediata. Quizás una de las formas más profundas de libertad en este tiempo sea recuperar el derecho a decidir desde dónde respondemos a lo que nos ocurre.
– ¿Qué vendrá después del libro “La distancia entre existir y vivir”?
Y quiero compartir una primicia con los lectores de este medio: el próximo 19 de octubre saldrá “Los finales también son logros.” El título ya contiene una parte importante de la conversación que quiero abrir. Nos han enseñado a celebrar los comienzos, las metas alcanzadas y aquello que permanece. Sin embargo, hay finales que también representan crecimiento. Hay puertas que cerrar requiere más valentía que abrirlas. Hay ciclos cuya culminación no significa fracaso sino conciencia. Y hay momentos en los que terminar algo es precisamente la evidencia de que finalmente comprendimos lo que necesitábamos aprender. No quiero adelantar demasiado porque también deseo conservar la expectativa de lo que vendrá. Pero sí puedo decir que mis libros no están pensados como piezas aisladas. Hay una evolución entre ellos. Primero aparece la pregunta sobre la distancia entre existir y vivir. Después nos encontramos con aquello que el alma ha callado y que de distintas maneras termina reclamando ser escuchado. Y ahora llega una nueva pregunta: ¿somos capaces de reconocer que algunos finales también merecen ser celebrados como logros?
Me interesa cada vez más escribir sobre temas que no admiten respuestas cómodas: cuándo ayudar deja de ayudar, cómo participamos sin advertirlo en dinámicas que hacen daño, qué significa reconstruirse después de una experiencia que modifica nuestra percepción de la vida y cómo aprender a cerrar sin interpretar cada final como una derrota. No quiero escribir libros que simplemente se sucedan unos a otros. Quiero que cada obra lleve al lector un poco más lejos que la anterior y que cuando termine una página no solamente sepa algo más sobre mi sino que inevitablemente tenga que preguntarse algo sobre sí mismo. Quizás por eso no veo el 19 de octubre solamente como la llegada de un nuevo libro. Lo veo como la continuación de una conversación que apenas está comenzando.

