A pesar de que aún persisten sectores de la sociedad que minimizan la violencia de género, esta manifestación extrema de agresión, discriminación y desigualdad continúa siendo una realidad devastadora a nivel mundial, arrebatando la vida de miles de mujeres año tras año. Los recientes sucesos ocurridos durante septiembre, han vuelto a poner en evidencia la gravedad del problema, subrayando la vulnerabilidad de las mujeres frente al abuso y la violencia.


Septiembre brutal
Día 2: En Castellón, España, una mujer de 45 años fue asesinada por su pareja en su domicilio. Tenía una orden de alejamiento contra su agresor, quien se entregó a la policía en Barcelona y confesó el crimen.
Día 5: En Eldoret, Kenia, Rebeca Cheptegei, atleta ugandesa que compitió en los recientes Juegos Olímpicos, no pudo sobrevivir al ataque de su marido, quien la roció con gasolina para luego prenderla fuego.
Día 8: En Madrid, España, el cuerpo sin vida de Raquel B. L., de 54 años, fue encontrado en su domicilio en Villalbilla. Su marido, quien había denunciado su desaparición, fue detenido tras descubrirse que había mentido en sus declaraciones.
Día 12: En Vizcaya, España, una mujer de 31 años fue asesinada por su pareja en Bilbao. La víctima fue encontrada con múltiples heridas de arma blanca, luego de que personas vecinas avisaran a la policía debido a los gritos que provenían de su hogar. El agresor fue detenido en el lugar de los hechos; al parecer, sufrió un brote psicótico.
Día 17: En Mazan, Francia, declararon los 51 acusados de violar a Gisèle Pelicot, incluido su exmarido, Dominique Pelicot. Llevaba una década drogando a su mujer para dejarla inconsciente y ofrecerla a más de 83 hombres.
Día 19: En Buenos Aires, Argentina, se visualizaron imágenes de cámaras de seguridad que mostraban al exfutbolista Néstor Ortigoza maltratando a su pareja, Lucía Cassiau, quien ya habría denunciado a su agresor en agosto de 2024 por episodios de violencia.
Estos hechos nos obligan a reflexionar sobre la gran necesidad de continuar trabajando para implementar medidas más efectivas que puedan prevenir y erradicar la violencia de género, al mismo tiempo que refuercen la protección de las víctimas.
Que la vergüenza cambie de lado
Gisèle Pelicot, de 72 años, ha decidido renunciar al anonimato para llevar a cabo la lucha contra sus agresores de forma pública y hacer “que la vergüenza cambie de lado». Estas palabras resonaron en la sociedad, ya que el estigma recae con más fuerza en las víctimas de violencia sexual que en los perpetradores y en aquellas personas que permiten que estos actos ocurran.
Gisèle fue víctima de una serie de abusos a manos de su esposo, Dominique Pelicot, que duraron más de diez años. Durante el día se mostraba como un buen esposo y un padre y abuelo cariñoso, pero de noche drogaba con ansiolíticos a su mujer hasta dejarla inconsciente y permitía que desconocidos que contactaba por Internet acudieran a su casa de Mazan y se aprovecharan de ella. Eran hombres de diversas profesiones, desde periodistas hasta enfermeros, tanto solteros como casados.
El caso salió a la luz cuando Dominique fue arrestado por grabar a mujeres por debajo de las faldas en un supermercado. Durante la investigación, la policía descubrió imágenes y videos de Gisèle, en los que se puede confirmar que sufrió hasta 92 violaciones entre 2011 y 2020 cometidas por 72 hombres, de los cuales solo 51 han podido ser identificados y llevados a declarar.
Con el ADN de Dominique Pelicot obtenido a raíz de este caso, se ha podido probar la relación del acusado con el asesinato de una mujer de 23 años en París en 1991 y la tentativa de violación a otra joven de 19 años en 1999 en Villeparisis. Dominique terminó admitiendo los cargos y se describió a sí mismo como un violador.
El perfil del agresor
Las causas de la conducta violenta en los agresores sexuales son diversas y complejas, abarcando factores individuales, relacionales, comunitarios y psicológicos. En líneas generales, desde una perspectiva biológica, algunos estudios sugieren que ciertos rasgos de personalidad, como una autoestima extremadamente baja, la ira y la inestabilidad emocional, pueden aumentar la predisposición a comportamientos violentos. En lo relacional, la exposición a la violencia en el hogar y las relaciones disfuncionales, basadas en el control y la dominación, refuerzan estas conductas. En cuanto a lo psicológico, las distorsiones cognitivas justifican el uso de la fuerza y la exposición temprana a la pornografía altera la percepción de las relaciones sexuales.
A nivel social, las normas culturales que perpetúan la superioridad masculina, combinadas con la falta de educación y oportunidades, contribuyen a moldear la personalidad del agresor. Asimismo, las creencias erróneas y los estigmas son clave en la perpetuación de la violencia sexual. Ideas como que las víctimas provocan los ataques o que los agresores no pueden controlar sus impulsos no solo disuaden a las víctimas de denunciar, sino que también fortalecen la impunidad de los ofensores, sosteniendo así el ciclo de violencia.
La importancia de la detección temprana del perfil en el agresor
La detección temprana del perfil del agresor enfrenta múltiples obstáculos, especialmente en las instituciones educativas, donde el primer contacto se establece de forma más cercana e inmediata. A pesar de las campañas de sensibilización, el equipo educativo se ve limitado por la sobrecarga de trabajo y la falta de formación específica, lo que dificulta la identificación de las señales de alerta.
Es urgente que los gobiernos y las administraciones relacionadas proporcionen los recursos necesarios para abordar la precariedad en estos espacios sociales, considerando su importancia en la prevención de la violencia. La falta de participación de los servicios sociales en las escuelas dificulta una respuesta efectiva ante situaciones de riesgo. Dichos servicios también enfrentan desafíos, como la escasez de recursos y formación especializada, lo que limita su capacidad para intervenir adecuadamente en contextos de convivencia que puedan dar señales de violencia.
La sociedad necesita que se aumenten los recursos disponibles, se fortalezca la formación continua del equipo de profesionales y se fomente una cultura de colaboración entre todas las instituciones involucradas. Solo a través de un enfoque integral se podrá proteger a las víctimas y prevenir futuros actos de agresión.
por Bárbara Balbo


